Fomentar la lectura de los pasajes bíblicos desde una perspectiva explicativa de los conceptos jurídicos que, a veces, nos pasan desapercibidos, es uno de los objetivo de esta serie de artículos, en los que se pretende dar al lector una visión diferente de palabras técnicas del mundo legal, que sin embargo y además tienen otra lectura que aporta riqueza espiritual.

Insistentemente ese objetivo se trata de alcanzar comentando figuras como las ciudades de justicia, la herencia que recibió el hijo pródigo, la esclavitud como carta de presentación del apóstol Pablo, y las cadenas que literalmente sufrió el mismo, el acta de los decretos que había contra nosotros, los testigos, el procurador romano, la condición legal de las viudas y las instituciones del tutor y el curador, y en esta ocasión nos centraremos en la figura de la fianza judicial.

A cualquier buen lector de la Biblia, si se le menciona al protagonista del pasaje que vamos a comentar, Jasón, inmediatamente viene a su mente que fue el amigo del apóstol Pablo que, para evitar la prisión del mismo, ofreció prestar fianza cuando el apóstol de los gentiles visitó Tesalónica, junto con Silas. Sabemos que en Tesalónica la aplicación del derecho romano era plena, pues obtuvo por su importancia los privilegios de ser considerada “ciudad libre”, de forma que la ciudad estaba gobernada por politarcos, aunque existiera un Procónsul Romano, quien, respetando el privilegio de ciudad de libertad, no incidía en las decisiones locales, salvo excepciones.

No sabemos a ciencia cierta el número de politarcos que gobernaba la ciudad de Tesalónica, aunque lo normal eran cinco funcionarios, entre los que se encontraba un magistrado para los asuntos financieros y judiciales. Y precisamente sería a dicho funcionario a quien presentaron el caso de Pablo y Silas bajo la acusación de cometer un delito de “lesa patria”, o sea, contra el César o su autoridad. Así podemos leer en Hechos, capítulo 15, versos 1 al 9: Después de pasar por Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos. Y Pablo, según su costumbre, fue a ellos y por tres días de reposo discutió con ellos basándose en las Escrituras, explicando y presentando evidencia de que era necesario que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos, y diciendo: Este Jesús, a quien yo os anuncio, es el Cristo. Algunos de ellos creyeron, y se unieron a Pablo y a Silas, juntamente con una gran multitud de griegos temerosos de Dios y muchas de las mujeres principales. Pero los judíos, llenos de envidia, llevaron algunos hombres malvados de la plaza pública, organizaron una turba y alborotaron la ciudad; y asaltando la casa de Jasón, procuraban sacarlos al pueblo. Al no encontrarlos, arrastraron a Jasón y a algunos de los hermanos ante las autoridades de la ciudad, gritando: Esos que han trastornado al mundo han venido acá también; y Jasón los ha recibido, y todos ellos actúan contra los decretos del César, diciendo que hay otro rey, Jesús. Y alborotaron a la multitud y a las autoridades de la ciudad que oían esto. Pero después de recibir una fianza de Jasón y de los otros, los soltaron.

Zafarse de una acusación tan grave como atentar contra la autoridad del César no era algo fácil. Sin embargo vemos que cuando Jasón compareció ante los politarcos, tanto Jasón como el resto de hermanos tuvieron que prestar una fianza. La fianza es una figura jurídica por la que, un tercero, garantiza ante un acreedor que el deudor pagará la deuda, y, en caso de que así no aconteciera, será el fiador quien personalmente asuma la deuda. Y en el contexto del episodio que comentamos, Jasón y los otros hermanos tuvieron que prestar una fianza por la que se comprometieron a que Pablo y Silas abandonarían la ciudad de Tesalónica, bajo la pena de que sus bienes serían confiscados si así no se procedía, garantía que se tenía que prestar durante dos años, según la “Lex Furia de Sponsu”, pasados los cuales, la fianza se extinguía.

Amigo hay más unido que un hermano, dice el proverbio. Jasón y el resto de los hermanos de Tesalónica, al prestar con sus propios bienes una fianza económica ante los politarcos de la ciudad, facilitaron que la extensión del Evangelio siguiera su camino, pues salvaron la integridad física de Pablo y de Silas, los cuales pudieron completar su obra guiados por el Espíritu Santo. Nosotros, siguiendo el ejemplo de Jasón, debemos ser agentes que prestemos fianza a la extensión del Evangelio, en el sentido de sostener esa obra y apoyarla, como mínimo prestando nuestra fianza en oración por todos los que trabajan en la obra del Señor, que son sometidos a muchas presiones por muchos “politarcos” que gobiernan nuestras ciudades.

Como siempre, desde el centro de Andalucía, ¡salga el sol por Antequera y brote el agua por Fuente de Piedra!

Abril 2017. Jesús Pedrosa Cruzado

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