Locura y miedo son dos emociones muy humanas. Cuando los creyentes, en nuestra vida de fe, nos enfrentamos a las distintas circunstancias que nos plantea nuestra vida cristiana también estamos sujetos a esos mismos sentimientos, entendiendo aquí locura como una actuación irreflexiva e irracional.

No hemos de confundir, sin embargo, locura con osadía, atrevimiento o con valentía; ni miedo con prudencia. Todo depende de cómo administramos las cosas.

La locura no ve el peligro, ni valora riesgos, sino que obedece a fuerzas primarias que explosionan inopinadamente llevándonos a la ruina, mientras que la prudencia evalúa las situaciones teniendo en cuenta los objetivos que se persiguen, las dificultades que se presentan, los costes, y el resultado final.

Como dijo Jesús, “¿qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos le envía una embajada y le pide condiciones de paz” (Lc 14:31-32).

Por otro lado, el miedo paraliza, ciega, bloquea toda posibilidad de superación. Los valientes no son los que no tienen miedo, porque solo los inconscientes no lo sienten, sino aquellos que saben gestionarlo convenientemente.

Como cristianos hablamos de visión, de fe, de dirección por el Espíritu, de victoria en Cristo, etc. conceptos muy positivos y espirituales que ciertamente deberían de controlar nuestra vida espiritual. La realidad, sin embargo, no siempre coincide con tan sublimes principios que tan fácilmente proclamamos y que tan escasamente manifestamos.

¿Cuál es el problema? Pues que en nuestra vida diaria, y sobre todo frente a determinados retos, hemos de tomar decisiones, tenemos que determinarnos en un sentido o en otro.

¿Tiramos para delante sin pensarlo, en una supuesta “fe”, que no es más que presunción y puede que hasta “locura? ¿Nos echamos para atrás en aras de una supuesta “prudencia” cuando en realidad es simple y contundente miedo?

La locura nos arroja al vacío, a la ruina nuestra y de quienes nos siguen. No vale decir que es fe, pues la fe se fundamenta en la revelación, en una palabra dada por Dios, no en lo que nosotros decimos que Dios nos ha dicho, sino en lo que él ha dicho en realidad.

Y si Dios no ha hablado, no puede haber fe, porque “la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios” (Ro 10:17). Pero cuando Dios da visión, cuando Dios habla, cuando Dios muestra el camino a seguir, entonces hay que hacer frente al miedo, a la duda, asumir los riesgos, como los asumió Abraham, como los asumió Gedeón, o Pablo.

El miedo no es más que falta de fe, de confianza en Dios. Muestra nuestra inseguridad, nuestra propia zozobra, es una carencia de verdadero amor, pues “en el amor no cabe el temor, el amor verdadero excluye el temor… el que teme, es deficiente en amor” (1 Jn 4:18), porque desconfía.

La prudencia es sabiduría, pues aunque sea reflexiva y estudie con detenimiento las situaciones, avanza, decide lo mejor, actúa, no “entierra el talento”, como el de la parábola, sino que lo negocia y lo hace prosperar y fructificar.

La prudencia implica conocimiento, experiencia, visión de futuro, porque sabe prever y anticiparse a los acontecimientos, no se deja paralizar por el miedo, planifica, echa fundamentos para poder edificar encima, siembra para poder cosechar mañana. “Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos y él hará derechas tus veredas” (Pr 3:5-6).

Se trata, pues de prudencia nacida del Espíritu Santo, confianza en el Dios vivo, que es quien nos guía por medio de su Espíritu. Pero si es él quien nos guía, no caben ni la locura ni el miedo. Anímate, pues a tomar tus propias decisiones en fe, con prudencia, asegurándote de que es Dios quien te guía, pero con valentía, “porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti 1:7).

No te dejes bloquear por la multitud de impedimentos que el diablo expone ante ti para impedirte dar tu paso de fe. La fe obtiene réditos maravillosos, aunque alcanzarlos suponga superar multitud de obstáculos.

El capítulo 11 de Hebreos nos habla de un buen número ejemplos, personas que superaron sus miedos porque fueron capaces de confiar el “el testimonio de Dios”. Ninguno de ellos fue un loco, aunque como dice Pablo, “el evangelio es locura para los que se pierden”.

La historia nos da testimonio de muchos más ejemplos: son los héroes de la fe. En nuestra mano está creer o dudar, quedarnos paralizados o conquistar.

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