Enarbolar a veces una bandera es tarea fácil, como bien nos describe la canción de mi querido Silvio Rodríguez llamada precisamente “Canción de Harapos”, donde se nos advierte que desde un mantel importado y un vino añejado se lucha muy bien…

Sin embargo, cuando leemos en el Nuevo Testamento a partir del libro de los Hechos de los Apóstoles (o de los Hechos del Espíritu Santo más bien), empezamos a discernir una suerte distinta de compromiso.

Cualquiera que esté leyendo esta pequeña aportación puede estar pensando todavía por dónde van los tiros hoy, lo que sin duda puede acreditar que en ninguno de los anteriores artículos descubrió el acróstico que cada uno de ellos contiene, y que este mismo alberga como una suerte de adivinanza, que no lo es tal, sino todo lo contrario.

Leyendo en Romanos, Capítulo 1, verso 1, vemos que el apóstol Pablo dice de sí mismo que es un “siervo de Jesucristo”, o, en traducción literal, dice que es un “ESCLAVO” de Jesucristo, palabra que, aunque lógicamente tiene similitudes con la servidumbre, hoy día tendemos a interpretar o comprender mal, pues perdemos todo el sentido de lo que la esclavitud significaba durante la dominación del Imperio Romano. Creo personalmente que el apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, utilizó la palabra precisa para describir lo que el propio Parakletos quería decir.

Así, lo que me pregunto y reflexiono a través de este comentario, es la verdadera trascendencia de la palabra esclavo como carta de presentación en el “curriculum vitae” del apóstol Pablo nada menos que a los santos en la ciudad de Roma, capital precisamente del Imperio Romano. El no se presenta como el hijo de un rey, o como un heredero, o como un coheredero en la gracia, ni tan siquiera como un hijo, sino que utiliza (inspirado por el Espíritu Santo) la condición de un esclavo para presentarse ante los hermanos que tan directamente vivían la esclavitud en la ciudad de Roma (no podemos olvidar que sesenta millones de esclavos pertenecían al Imperio Romano, lo que suponía casi el 50% de su población).

Variadas eran las formas de esclavitud en el pasado, pero centrándonos en el período que nos interesa, y bajo la Pax Romana, podemos resumir la condición de un esclavo sencillamente en que era considerado por la ley romana una “res”, o sea, una cosa, no una persona, de tal forma que el esclavo no tenía ningún tipo de derecho, en contraposición por ejemplo a la protección de la que se disfrutaba bajo la ley hebrea. El amo podía disponer de la vida del esclavo por cualquier motivo, pudiendo incluso ordenar su crucifixión. Era una práctica habitual en el imperio marcar en la cara al esclavo con las letras “C. F.”, que representaban las palabras “Cave Furem” (cuyo significado es “he aquí al ladrón”). Incluso si el esclavo se escapaba y era apresado, su amo podía marcarlo, aumentarle la labor acostumbrada, o podía mandarlo matar si así lo deseaba. No obstante la propia ley romana permitía al dueño tener con el esclavo misericordia, a través de la intercesión de un amigo especial, cuyo mejor ejemplo podemos verlo cuando el propio apóstol Pablo, amigo de Filemón, intercedió en favor del esclavo escapado, Onésimo.

Onésimo, ese personaje tantas veces olvidado, no es sino figura de quien, necesitado de misericordia, y transgresor de la ley, es rescatado de una muerte segura, como sin duda era mi vida. Y la carta de presentación de Pablo ante los romanos, como alguien que no tiene derecho alguno, sino que pertenece por completo a su amo, o su dueño, a Jesucristo, es la carta de presentación que mejor debe de representarnos a todos y cada uno de los que un día decidimos seguirlo…

Como siempre, desde el centro de Andalucía, ¡salga el sol por Antequera y brote el agua por Fuente de Piedra!

Jesús Pedrosa

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