“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Ti. 2:15).

El mandato dado a Timoteo no es exclusivo para él, o para su tiempo. Sabemos que lo que le dijera Pablo a su joven pupilo es prescriptivo para todos aquellos que desean interpretar las Escrituras y, aún más, para los que la enseñan y predican.

Usar “bien la palabra de verdad” es tan importante, que nuestra aprobación delante de Dios depende en gran medida de este relevante hecho. Nos cuidamos celosamente de no contradecir una doctrina medular como han hecho algunos en la historia, o de no repetir el error herético de movimientos extremos contemporáneos y eso es excelente, sin embargo, se enseña muchas veces a la iglesia cosas que Dios no dijo para ella y eso también es una forma de error doctrinal peligrosa y desaprobada por el Señor.

La interpretación alegórica de pasajes del Antiguo Testamento, sobre todo, ha sido usada tan frecuentemente en las congregaciones evangélicas, que ya en muchos sitios se constituye una forma válida de hermenéutica. No se cuestiona la veracidad exegética de lo que se dice, sino que el mensaje se aprecia por la agudeza del orador para armonizar lo incongruente, no sin la pérdida del sentido original del texto.

Para ejemplificar lo que vengo diciendo usaré un pasaje que por excelencia se alegoriza y veremos lo inadecuado de hacerlo. Docenas de veces he oído citar Deuteronomio 11:24 como una promesa para la iglesia: “Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie será vuestro; desde el desierto hasta el Líbano, desde el río Éufrates hasta el mar occidental será vuestro territorio”.

Se enfatiza solo la primera parte del versículo, “Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie será vuestro” y se deja fuera, con toda intención, el resto porque no se ajusta a lo que se quiere enseñar. Se enfatiza que Dios nos ha dado la tierra (las personas de nuestra comunidad, provincia, nación, etcétera) y que debemos conquistarla. ¿Pero es eso lo que dice el versículo? Claro que no.

Es una promesa para Israel acerca de la tierra de Canaán y aún, para Israel, la promesa tiene límites geográficos. Ellos no poseerían todo lugar del mundo que pisaran, sino el espacio concreto que Dios les había asignado. Es evidente que la promesa a Israel contiene principios que podemos tomar para nosotros hoy “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”.

Otra cosa muy diferente es apropiarnos de la promesa como si fuera dicha enteramente para la iglesia. Podría citar otros muchos pasajes en los que se realiza la misma acción una y otra vez.

La interpretación que debemos hacer de las Escrituras debe ser seria y ajustada a lo que ella dice. Por eso nuestra hermenéutica no puede ser alegórica, sino gramático histórica y literal. Esto significa que tomamos las palabras en el sentido que los escritores sagrados las registraron.

De esta manera no erramos dándole a las Escrituras el significado que se nos antoja, sino aquel que divinamente fue dado por Dios. La iglesia es “columna y baluarte de la verdad” (1 Ti. 3:15), por eso no puede esperarse que ella incida en el error de interpretar equivocadamente lo que Dios ha dicho con claridad en su Palabra.

Podemos escoger un pasaje del Antiguo Testamento y predicarlo expositivamente, dilucidando, con la iluminación que da Dios, los principios contenidos en él y aplicarlos a nosotros, pues Dios es el mismo a través de las edades (He. 13:8). Esto es legítimo y conveniente, pero nunca se debe ignorar el sentido del texto, para quién fue dicho y a quién alcanzan las promesas que allí estén contenidas. Tenemos el mismo desafío que Timoteo por delante, el de presentarnos a Dios aprobado por usar bien la Palabra de verdad.

Por tanto, debemos tener cuidado de nosotros y de la doctrina que predicamos. La exhortación paulina al joven obispo de Éfeso fue también: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Ti. 4:16).

Amén.

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