“Porque Dios es el Rey de toda la tierra; cantad con inteligencia” (Salmos 47:7)

Nunca olvidaré a aquella chica visiblemente emocionada en un avivado culto al Señor.

Las manos levantadas, sonrisa entusiasta y cantando con voz mezzo soprano la siguiente letra del conocido adorador Marcos Witt, con un ligero aporte personal: “No hay Dios tan grande como tú, no lo hay, no lo hay. No hay Dios que pueda hacer la sopa, como la que haces tú”.

No lo podía creer, quizás había escuchado mal, pero como la canción se repetía, pude escuchar por dos ocasiones más que esta sincera adoradora exaltaba a un Dios chef, capaz de hacer una sopa como nadie en el mundo, aunque la letra real habla de las obras del Señor y no de sus dotes culinarias.

Este es solo un ejemplo y posiblemente el más inocente de todos, pues a diario en muchos cultos evangélicos se cantan canciones con enfoques inapropiados, teologías erróneas y letras incoherentes a las verdades bíblicas. El llamado que nos hacen los hijos de Coré desde la historia es a homenajear a Dios con inteligencia, a cantar sin desenchufar las emociones del intelecto.

Enfoques inapropiados en la alabanza y la adoración

Por la naturaleza de mi ministerio viajo mucho y me es común ver ministraciones de alabanzas centradas en un enfoque horizontal, hacia la congregación y no vertical, hacia Dios. Exhortaciones a conquistar, a gozarse, a servir, a alabar a Dios, a saltar, a danzar y así infinitamente.

Es cierto que no hay nada de malo en exhortar a los hermanos mediante una canción para que se gocen o alaben al Señor, la cuestión es que eso no es alabanza, sino exhortación a la alabanza y a la virtud cristiana, por tanto, debe ser solo una pequeña porción de nuestros cánticos.

La alabanza debe ser, en su mayor proporción, vertical, para exaltar el nombre del Señor, anunciar su grandeza, proclamar sus obras y ponderar su señorío. Nuestro culto ha de ser teocéntrico, enfocado en Dios y lo que él significa para nosotros.

Debemos cuidar que así sea y que nuestra liturgia no se organice sobre la base de ritmos atrayentes, letras egocéntricas y canciones de moda, sino con un enfoque hacia el Señor, quien es digno de toda honra y pleitesía: “Porque grande es Jehová, y digno de suprema alabanza” (Salmos 96:4).

Teologías erróneas en la alabanza y adoración

Con el auge del neopentecostalismo se han compuesto muchas canciones que expresan teologías en desacuerdo con la ortodoxia bíblica, con interpretaciones alegóricas de pasajes bíblicos y exégesis caprichosas que nada tienen afín con la verdad doctrinal que pretenden interpretar.

Canciones que hablan de un avivamiento mundial para nuestro tiempo usando pasajes de Isaías que son para el milenio escatológico. Cánticos de guerra que envían a Satanás y sus demonios fuera de ciudades y pueblos, incluso los recluyen en el infierno, como si eso fuera una prerrogativa de la iglesia, sin entender que solo después de Armagedón Satanás será atado por un ángel en el abismo.

Los ejemplos son incontables: textos bíblicos con promesas para Israel acomodados contra toda hermenéutica a beneficio de la iglesia, canciones llenas de enigmáticas alegorías y todo “para la gloria de Dios”.

Debemos examinar qué se canta a través del tamiz escritural. Hay que desechar lo espurio y abrazar la sana doctrina en nuestros servicios de alabanza y adoración.

Letras incoherentes a la verdad bíblica

Otra acción que se repite en muchas letras de canciones cristianas es decir cosas que no están en las Escrituras, imaginadas por el autor o perpetuadas por éste desde la tradición litúrgica cristiana.

Es así que se canta sobre una “paloma blanca que está volando en este lugar, una paloma blanca que está buscando dónde posar. Bienvenida sea, bienvenida sea, bienvenida sea la paloma de Jehová”. La alusión es al Espíritu Santo que desciende sobre Jesús en el bautismo, pero la Biblia no dice que la paloma era blanca, esto es pensar más allá de lo que está escrito (1 Corintios 4:6).

Es así que en Navidad se canta sobre los tres magos del oriente, aunque la Biblia nunca dice la cantidad de magos, podrían haber sido quince. Incluso, se canta sobre el árbol de navidad y sus regalos, o de los pastores y magos juntos en el pesebre frente al niño, cuando estos no coincidieron allí, sino que los pastores estuvieron en el pesebre, mientras los magos visitaron a Jesús en una casa.

Pasa algo parecido con la escatología en nuestras canciones. Se usan textos de la segunda venida de Cristo donde todo ojo le verá, relacionándola con el arrebatamiento, donde todo será en un abrir y cerrar de ojos. Son dos eventos totalmente diferentes en significado y en espacio de tiempo.

Se canta “Jerusalén que bonita eres, calles de oro, mar de cristal”, cuando el texto bíblico dice que la calle, en singular y no en plural, es de oro (Apocalipsis 21:21).

Podríamos seguir citando ejemplos, pero basten estos para ilustrar lo que se viene diciendo. Necesitamos reflexionar en estas cosas y ser exactos en nuestras letras para que la Palabra de Dios sea predicada tal cual desde una liturgia santa.

Conclusiones

La alabanza y la adoración en nuestros cultos deben ser tomadas con total seriedad, sabiendo que lo hacemos para nuestro Dios, “quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (1 Timoteo 1:9).

Alabemos a nuestro Dios con un enfoque puesto en lo que Él es, en sus obras y en su Palabra y hagámoslo con auténtico entusiasmo, pero a la par, con sobria doctrina. Digamos con nuestros labios exactamente lo que nuestro Señor dijo a través de su Espíritu cuando inspiró cada uno de los textos que componen el Libro.

Tenemos el privilegio de ser sacerdotes que entren, por la sangre del Cordero de Dios, hasta el lugar santísimo. No mancillemos este noble honor espiritual desarrollando un ministerio ambiguo, carente de lo auténtico, por divorciar emociones y acciones de la inteligencia que Dios nos ha otorgado para alabarle y adorarle. “Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo” (2 Timoteo 2:7).

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