¿Fue la Reforma Protestante un Avivamiento?

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La Reforma Protestante, cuyo V Centenario celebramos este año, fue sin duda un acontecimiento de repercusiones incalculables, tanto en el campo de la religión y la espiritualidad, como en lo político y social. En realidad, hablar de avivamiento en referencia a la Reforma sería un anacronismo, pues el término avivamiento, del inglés revival, o también awakening, despertar, nace en el seno del protestantismo, como resultado de los movimientos pietistas y la búsqueda de un más elevado nivel de espiritualidad entre las denominaciones protestantes, lo que lleva al primer Great Awakening (1730–1734) y después a los que le siguen, alcanzando el siglo XX en sus mismos inicios con el avivamiento pentecostal. Antes de estos acontecimientos se habla de reformar la iglesia, de corregir errores, y son muchos los intentos en tal sentido, la mayoría de las veces fallidos.
Mientras la iglesia se enfrenta a la persecución, la fe es viva y genuina, y la iglesia fuerte, pues si ser cristiano puede pagarse con la vida, eso desanima y aleja a los falsos elementos que podrían perjudicarla o contaminarla. La oposición, ya sea externa o incluso interna, se ve debidamente contrarrestada por los defensores de la fe, los apologistas. Esta etapa, conocida como la Era Patriarcal, abarca los siglos II al IV. Con todo, ya a finales del siglo II, los creyentes van perdiendo su visión escatológica y el uso de los dones espirituales. Surge el movimiento montanista, que pretende una revitalización de la fe y de la práctica evangélica. Su rigor y, en ocasiones, extremismo, lo hacen aparecer como un movimiento cismático, aunque no herético. Pretenden renovar la iglesia y la fe de los creyentes volviendo a sus orígenes. Son, en cierta manera, los pentecostales de su época. Sus opositores decretan que los dones del Espíritu han cesado por innecesarios.
Pero al acabar la persecución y alcanzar, primero la libertad y la protección del Estado (Edicto de Milán, 312 d.C), y después su respaldo como religión oficial del Imperio (Edicto de Tesalónica, 370 d.C.), la iglesia comienza a degenerar y a contaminarse con ese mismo mundo que antes le había sido hostil y ahora se le cuela dentro. Se convocan concilios para dilucidar los debates, nace la teología en respuesta al error y a la filosofía que tratan de apartar a la iglesia de su senda trazada por el Espíritu Santo. Otros buscan huir del mundo apartándose al desierto, recluyéndose en cuevas u organizándose en comunidades monásticas, como las creadas por San Pacomio o San Benito, en los siglos IV y V. La iglesia de Jesucristo sigue poco a poco la senda que la aparta de sus orígenes y de las enseñanzas de su fundador.
El clamor solicitando reformas va en aumento. La corrupción en la iglesia va a más. Las pretensiones del obispo de Roma llegan a su cenit con Gregorio VII, tras la ruptura con las iglesias orientales en 1054. Otros intentan regenerar la vida eclesiástica, pereciendo en el intento. Pero en el siglo XVI surge el debate que llevaría a la Reforma. El detonante es la venta de indulgencias por parte de Roma, abriendo supuestamente las puertas del cielo mediante el pago de cantidades de dinero, rebajando años de pena del inventado purgatorio de acuerdo a la cantidad abonada. El 31 de octubre de 1517 Lutero clava sus 95 Tesis en la puerta de la catedral de Witemberg, lo que desencadena un cataclismo en el frágil equilibrio europeo de su época. Comienza así la Reforma Protestante. Es en toda regla una verdadera revolución que cambiaría la historia de Europa y, en consecuencia, la del mundo occidental. Significa un retorno a las Escrituras como autoridad final en asuntos de fe y conducta. La fe de miles de personas vuelve a estar fundamentada en la palabra de Dios y no en las tradiciones y en los decretos de la autoridad eclesiástica. Hoy diríamos que fue un avivamiento, aunque este tipo de fenómenos reviste características diferentes en cada lugar que se manifiesta. Se recuperan el valor y la autoridad de las Escrituras, la capacidad individual para interpretarlas sin necesidad de tutela alguna por parte de la autoridad eclesiástica, la libertad de relacionarse con Dios directamente sin necesidad de intermediarios –el sacerdocio universal de los creyentes– la gracia y la fe como medios de salvación y no las obras o méritos propios. Y sobre todo, la independencia de Roma y de su sistema autoritario y corrompido, tanto en lo individual como en lo político.
No cabe duda que la Reforma proporcionó vida a la espiritualidad de su tiempo, que hizo despertar la conciencia de miles de personas y que, como todo fenómeno de este tipo, tras haber influenciado a millones de personas, necesitó de nuevos avivamientos para recuperar su frescura y su impacto en las naciones. El pueblo de Dios puede decaer con el tiempo en su fe y su fervor, en su dedicación y compromiso con Dios; por eso siempre necesitará despertar, ser avivado para alcanzar nuevas cotas de bendición en su relación con Dios. Esa necesidad permanente de avivamiento se ve suplida por la acción del Espíritu Santo que es quien vivifica o aviva a la iglesia. Por eso la importancia de ser y permanecer llenos del Espíritu Santo, del bautismo pentecostal, de vivir en el Espíritu dando sus frutos. Los valores de la Reforma no son otros que los del evangelio: “Sola Scriptura, sola Fide, sola Gratia“. A esos valores honramos hoy al conmemorar 500 años de tan señalado acontecimiento que ha marcado la historia de la humanidad para siempre.

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Ejerce el pastorado en Sevilla. Posee Grado en Teología por el CSTAD, es Graduado en ERE (CSEE), además de titulación en idioma francés por el Instituto de Idiomas de la Universidad de Sevilla. Es profesor de la Facultad de Teología de las Asambleas de Dios, y miembro del Consejo de Dirección de CLIE. Ha sido Presidente del Consejo Ejecutivo de las ADE, de FEREDE, Director del Seminario Europeo de Teología Superior y profesor de ERE.

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