La Reforma Protestante: 500 años de historia y tradición

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Estamos a pocos días de que buena parte del mundo celebre el 500 aniversario de la Reforma Protestante, ese terremoto espiritual, religioso, social y político desatado aquel 31 de octubre de 1517 por un monje no tan desconocido como era el Martín Lutero de entonces. Las autoridades españolas, los partidos políticos, y buena parte de la sociedad, no se dan por enterados. Siguiendo la tradición nacional católica de la monumental Enciclopedia Espasa-Calpe, la Reforma no existió. En España fue aniquilada por medio de la espada, de la hoguera, y por la más lenta pero igualmente letal acción de las cárceles putrefactas e infectas de la Inquisición. Reyes, autoridades civiles y religiosas, y ciudadanos se unieron en su acción delatora, perseguidora y ejecutora para obtener la uniformización mental, espiritual y religiosa de toda una nación, quemando no solo a los disidentes del sistema, sino el alma y la conciencia de todo un pueblo que permanecen cauterizadas hasta hoy.

El insigne Marcelino Menéndez y Pelayo, al concluir su relato del auto de fe del 22 de diciembre de 1560 en Sevilla, escribe: “Aquí termina la historia de la Reforma en Sevilla. Una enérgica reacción católica borró hasta las últimas reliquias del contagio” . Eso creyeron él y su mundo. Hoy, los evangélicos o protestantes españoles, herederos de aquel contagio —esa mala hierba que vuelve a salir aunque la arranquen— seguimos reclamando la reconciliación en el terreno religioso y espiritual de los españoles, pero nuestra voz sigue siendo desatendida. ¿Cómo y por qué reconciliarse con lo que no existe, con aquellos a quienes se les niega entidad o existencia?

En la España de hoy, además de lo propio, que es ser católico apostólico y romano, se puede ser ateo, lo cual tiene un aura de prestigio político y social; se puede ser musulmán, no en vano buena parte de España lo fue por siglos; y también judío, presencia y legado que aunque incómodos, no se pueden negar; pero ser protestante es casi un oxímoron, una contradicción natural irresoluble. ¿Cómo puede un español ser protestante, señor mío? Ya la constitución de 1869 lo dejaba claro cuando proclamaba el derecho de los extranjeros a la libertad religiosa: “Art. 21. La Nación se obliga a mantener el culto y los ministros de la religión católica. El ejercicio público o privado de cualquier otro culto queda garantido a todos los extranjeros residentes en España, sin más limitaciones que las reglas universales de la moral y del derecho. Si algunos españoles profesaren otra religión que la católica, es aplicable a los mismos todo lo dispuesto en el párrafo anterior”. ¿Habría en aquel tiempo algún bicho raro dentro de los españoles que merecieran tener tal derecho, algún sobreviviente de la encarnizada y cruel represión inquisitorial de antaño? No se veía posible, pero claro que los había, pues ya en 1868 se habían abierto las primeras iglesias evangélicas, nuevo fuego prendido de los rescoldos de aquel siglo XVI.

Es evidente que vivimos en otro tiempo, gracias a Dios superada la etapa del franquismo, y que una nueva constitución nos alumbra, pero la mentalidad no ha cambiado mucho. La Fábrica Nacional de Moneda y Timbre no reconoce la dimensión universal del fenómeno de la Reforma al negarse a atender la petición de miles de españoles para que emita un sello conmemorativo; la autoridad regia tampoco lo hace, porque nunca responde a la petición de acudir a algún evento trascendente para el pueblo evangélico; el pueblo llano, tampoco, porque nos mira como algo de afuera, extranjero, ajeno e innatural. Todos son excusas mal elaboradas. Salvo algún intelectual rara avis en el mundo de la cultura, consciente del agravio histórico y de la pérdida u olvido de una parte del ser y del alma de España, pocos son capaces de reconocer los valores del legado de la Reforma; pocos se percatan de su ignorancia o de su mala fe.

El historiador y catedrático de la Universidad de Desuto, Fernando Díaz de Mendoza y Ruíz de Aguirre, en su obra Los Perdedores de la Historia de España (Planeta), hace memoria de un buen número de españoles que estuvieron en el lado perdedor de la historia, como Prisciliano, los judíos, o incluso los moriscos expulsados en 1605. Silencio absoluto sobre los “luteranos”, los protestantes españoles del siglo XVI o del siglo XIX, o del siglo XX. Para él, sin duda, estos no están entre los perdedores; no son ni siquiera olvidados; es que ni existieron. Dura realidad a la que nos enfrentamos en España. No hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

Pero no escribo el presente artículo para seguir relamiéndome mis heridas de minoría ignorada, sino porque como parte del pueblo evangélico español quiero proclamar junto al resto, que los evangélicos existimos en España, que no somos cuatro gatos pulgosos, y que pese a quien le pese reivindicaremos con orgullo quinientos años de triunfo de la Reforma, del cristianismo evangélico que ha recuperado las Sagradas Escrituras y su mensaje de esperanza, la libertad de conciencia y otras libertades, y que celebraremos alegre y festivamente tal efemérides con el resto del mundo civilizado de nuestro entorno cultural y espiritual. Retrógrados y progres se une de nuevo a la hora de perder el tren de la historia, una vez más. El 2017 es nuestro año, aprovechémoslo.

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