La palabra profética más segura

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“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones” (2 P. 1:19).

François Marie Arouet, más conocido como Voltaire, fue un filósofo francés que durante toda su vida enfatizó el poder de la razón por encima de cualquier otra cosa y que, por tanto, combatió al cristianismo acérrimamente hasta llegar a declarar el fin de éste y de la Biblia. Él escribió: “Un siglo más y no quedará una Biblia en la Tierra”.

Curiosamente, después de su muerte, su vieja imprenta y su casa fueron compradas por la Sociedad Bíblica de Ginebra, y está última fue convertida en depósito para las Biblias que Voltaire vaticinó que desaparecerían muy pronto.

El 24 de diciembre de 1933, el gobierno británico le compró a los rusos el valioso Manuscrito Sinaítico, por medio millón de dólares. Ese mismo día, en las librerías de París, se vendían las obras de Voltaire por once céntimos el ejemplar.

El filósofo y político anglo-americano Thomas Paine era hijo de un cuáquero y una anglicana, sin embargo, dedicó parte de su vida a denunciar supuestos errores de la Biblia en una sórdida cruzada. Él escribió presuntuosamente: “He atravesado la Biblia como un hombre atravesaría un bosque con un hacha para derribar los árboles. He derribado árbol tras árbol; aquí yacen. Nunca volverán a crecer”. Pero, lamentablemente, murió convertido en un borracho, pensando que había demolido la Biblia, pero sin tener éxito alguno en ello.

Desde los días de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá, quien rasgó las profecías de Jeremías con un cortaplumas y luego las echó al fuego, pasando por los emperadores romanos, las persecuciones religiosas y políticas sucesivas y los ataques filosóficos de los “libre pensadores”, la Biblia ha enfrentado las agresiones más virulentas de las que se tenga noticia. Sin embargo, su continuidad histórica y su vigencia profética nos llena de jubilosa emoción.

Isaías predijo acertadamente a Ciro, por su nombre, 176 años antes de que ocurrieran los hechos con él relacionados (Is. 44:28). Isaías también predijo el ministerio de Juan el Bautista, 700 años antes de que naciera (Is. 40.3-5).

El primer advenimiento de Jesús fue profetizado desde el libro de Génesis, y el Antiguo Testamento tiene docenas de profecías sobre el Mesías que se cumplieron en Jesús. Ezequiel predijo la destrucción de Tiro por varias naciones y el hecho de que sus ruinas serían echadas al mar.

Nabucodonosor, rey de Babilonia, el cual Ezequiel profetizó por nombre, sitió la ciudad durante trece años y terminó destruyéndola. Doscientos años después de Nabucodonosor, Alejandro Magno, rey macedonio, atacó la ciudad, la destruyó y para dar alcance a sus habitantes que se refugiaron en una isla cercana hizo que su ejército arrojara al mar todo el despojo de la ciudad, Así se cumplió la profecía (Ez. 26:12).

La Biblia predijo los satélites artificiales casi dos mil años antes que estos se inventaran (Ap. 11:9). La seguridad profética de la Palabra de Dios es un estandarte para nuestra fe; podemos mirar a él y continuar con entusiasmo nuestro camino a la eternidad.

Todas estas profecías cumplidas son acicate seguro de la fiabilidad de la Palabra de Dios. Por ello hemos confiado nuestra fe a este divino libro. Creemos con plena convicción en sus irrefutables y preciosísimas promesas (2 P. 1:4), y hemos decidido afianzar nuestra vida y la de nuestra familia en sus incomparables enseñanzas. Somos lo que ella dice que somos, tenemos lo que ella dice que tenemos, y podemos lo que ella dice que podemos. Ningún otro libro merece tal confianza.

1 Comentario

  1. Muy ilustrativo el artículo sobre “La Palabra profética más segura”, me sirve para reforzar la importancia de la Biblia en el día de su celebración. ¡Qué valiosa la Escritura!, ¡Dios todo lo hizo hermoso y perfecto!

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